Hay días en los que no aparece nada. Solo silencios. Se prueba, se borra. No es tiempo perdido. A veces, es el único camino para que algo comience a insinuarse. El ojo se entrena en la espera. Aprende a ver sin forzar, a dejar de buscar lo que ya conoce...
Las pasarelas nos llevan siempre a otro lado. A menudo provisionales, son literalmente lugares de paso que se elevan y nos separan de la arena, de la tierra. Estructuras de madera que funcionan sin pretensión alguna. Cruzamos sus tablas sin apenas vacilar mientras nuestro cuerpo está atento al percutir del suelo y a sus posibles zarandeos. Estamos y nos sentimos a cierta altura y todo resuena de otro modo. Bandas sonoras. Twitching1.
Hay quien piensa que los pájaros en las grandes ciudades se parecen todos. Probablemente, nosotros a ojos ajenos también. Nuestros cuerpos se mueven al unísono mientras convergemos en determinadas direcciones, vestimos parecido, miramos hacia el mismo lugar... ¿Cuántas veces el cielo es azul?2
Buscar nuevas formas es como mirar el follaje durante horas con la intuición de que hay algo escondido entre las ramas. A veces es solo un movimiento, una sombra. No siempre se revela por completo. La obra se presenta, casi sin querer, en la única e imprevisible puesta en escena de las circunstancias de la vida.3
El oro no siempre puede ser cobre. Mirando a través de la ranura de esas estructuras aparece el paisaje en su definición fundamental. Un espacio a descubrir que acotamos mientras observamos6. Una pintura en gran formato que aves y otros seres vivos compartimos...
Por eso temos que reflorestar o nosso imaginário.8