Hay días en los que no aparece nada. Solo silencios. Se prueba, se borra. No es tiempo perdido. A veces, es el único camino para que algo comience a insinuarse. El ojo se entrena en la espera. Aprende a ver sin forzar, a dejar de buscar lo que ya conoce. Porque lo nuevo no siempre es espectacular; a menudo es discreto, apenas un desplazamiento, una relación distinta entre formas que ya estaban ahí.
Las pasarelas nos llevan siempre a otro lado. A menudo provisionales, son literalmente lugares de paso que se elevan y nos separan de la arena, de la tierra. Estructuras de madera que funcionan sin pretensión alguna. Cruzamos sus tablas sin apenas vacilar mientras nuestro cuerpo está atento al percutir del suelo y a sus posibles zarandeos. Estamos y nos sentimos a cierta altura y todo resuena de otro modo. Bandas sonoras. Aunque nos encontremos ahí para cruzarlas, esta interrupción se presenta como una oportunidad a aprovechar. Divisando sin saber muy bien qué, buscamos algún horizonte mientras nos detenemos un momento y dejamos que nuestras manos entren en contacto con la madera de la barandilla. Twitching1.
Hay quien piensa que los pájaros en las grandes ciudades se parecen todos. Probablemente, nosotros a ojos ajenos también. Nuestros cuerpos se mueven al unísono mientras convergemos en determinadas direcciones, vestimos parecido, miramos hacia el mismo lugar... Fijemos nuestra mirada en lo más alto y, desde allí, intentemos comprender. En realidad, no hace falta subir mucho. Basta ubicarnos en algunos puntos y, desde allí, sobrevolar. Alejarnos de aquello que está demasiado próximo a nosotros y redescubrir, desde lejos, lo que no alcanzamos a ver de cerca. ¿Cuántas veces el cielo es azul?2
Buscar nuevas formas es como mirar el follaje durante horas con la intuición de que hay algo escondido entre las ramas. A veces es solo un movimiento, una sombra. No siempre se revela por completo. Hay que estar dispuesto a ver lo que no se había visto antes, y también a no ver nada durante mucho tiempo. No se trata de repetir lo conocido, como quien espera siempre la misma especie. Lo interesante es cuando aparece algo que no sabías que existía, algo que no encaja del todo. Entonces empieza el trabajo real: cómo dejarlo entrar en la pintura sin domesticarlo, cómo traducirlo sin hacerlo desaparecer. La obra se presenta, casi sin querer, en la única e imprevisible puesta en escena de las circunstancias de la vida.3
Haces proyectivos. Sentados en las escaleras de Calçada do Duque, Marcelo me propuso identificar los pájaros presentes a partir de su canto. En aquel momento no veía ninguno, ni siquiera alcanzaba a distinguir sus voces de entre el resto de ruido de la ciudad. Pían sin ser vistos. Descubrimos dos, tres o, quizá, cuatro tipos diferentes. ¿Acaso no tienen sutilmente distintos el plumaje, los movimientos y los cantos entre los que pertenecen a una misma especie? ¿Nos distinguirán también ellos? ¿Dilucidarán sobre nuestros modos de hablar, chillar, reír, sollozar... cantar? Probablemente, sean mucho más conscientes de que son observados desde sus infinitas coreografías.
Fuera de las ciudades, las pasarelas suelen conducir a estructuras semicerradas diseñadas para permanecer en la intimidad y en silencio. Lugares en los que se nos permite entrar y reposar, sin otra distracción que la de observar el exterior a través de un especial hueco horizontal para ver sin ser visto. No son refugios ni miradores al uso, se trata de cabañas pensadas para ser encontradas o buscadas cuando uno desea perderse. Espacios de paso, para algunas personas no siempre placenteros. Las hay que, paradójicamente, se idearon como perversos observatorios de trampas vecinas para animales. Lejos del romanticismo ornitológico, se trata de torres de vigilancia camufladas entre el follaje para cazar, protegerse, defenderse, sorprender. Especies de garitas que el hombre lleva construyendo, de un modo u otro, para sobrevivir. Observamos para protegernos. No nos sentimos entretenidxs por las aves al mirarlas desde ese vano panorámico. Ese absoluto silencio nos permite tomar consciencia de muchas cosas. Aprender de nuestros propios procesos más allá de lo que persigamos. El porqué de lo que estamos haciendo.
Pintar es quedarse en el lugar del que observa, pero también del que se deja afectar. Como si una parte de ti mirara y otra fuera observada. Lo que aparece no siempre es tuyo, pero te implica. Pintar es eso: quedarse, mirar, equivocarse, volver a mirar. Y de pronto, si hay suerte, algo se posa en el cuadro. No lo reconoces del todo, pero sabes que es nuevo. A veces lo que aparece no encaja con lo que uno esperaba. No es lo que buscabas, pero tampoco puedes ignorarlo. Tiene algo. Una forma rara, un gesto que interrumpe la lógica del cuadro. Ahí empieza el experimento: ¿cómo convivir con lo inesperado? ¿Cómo no corregirlo demasiado pronto, no apurarse en encerrarlo en una categoría?
Sobre un clavel se posó una mariposa blanca4. La sorpresa del encuentro (o desencuentro) entre quien busca y quien es buscadx. Cuando el color del cielo se acerca al de la madera. Cuando la aspereza de esa estructura intenta penetrar la levedad del espacio aéreo. Cuando seres vivos de ámbitos distintos sienten curiosidad el uno por el otro. Sonidos que se cruzan. Zonas comunes, no definidas, aptas para que cualquier plumaje tiña, a su antojo, las vetas de tablas y listones. Sutiles señales de extraordinarios diálogos suspendidos en el aire o enhiestos a cierta altura. Trazos de un vuelo fugaz. Personnage et oiseau5.
El oro no siempre puede ser cobre. Mirando a través de la ranura de esas estructuras aparece el paisaje en su definición fundamental. Un espacio a descubrir que acotamos mientras observamos6. Una pintura en gran formato que aves y otros seres vivos compartimos. Divisarla desde cierta distancia requiere de un tiempo importante para descubrir todo aquello que contiene. Una inversión de tiempo sobre un mismo espacio que ya poco nos permitimos pues, gran parte de las veces, procedemos in situ como si de un documento de video se tratara. Consumiendo más que observando. Y aún así, nunca alcanzamos a descubrirlo todo. Esa es, probablemente, la magia indómita de la naturaleza. Esa impotencia es la que nos mantiene siempre en vilo, su gran atractivo. Y es la propia dimensión de ese “gran lienzo” la que nos permite y nos obliga a reflexionar sobre ciertas distancias. Las mismas que requiere la realización de un mural pintado à plein air. Espacios encontrados o localizados que son intervenidos por creadores como Srger en lo que a la práctica artística en el espacio público se refiere. Pinturas a gran escala con las que Sergio Gómez mantiene una estrecha relación corporal. La misma que le permite interactuar con un detalle o con la propia escritura, a la vez que con gestos de más envergadura que necesitan de algunos pasos atrás para ser corroborados. En su caso, algo que surge de avistar, de seleccionar y, sobre todo, de entender lo que está pasando. Un proceso que no conlleva tanto descubrir, sino afianzar.
Pintar se parece a la observación de aves. No es una caza, ni una persecución. Es más bien una forma de espera activa. Estás ahí, en silencio, sabiendo que algo puede aparecer, pero sin certeza de cuándo ni cómo. Trabajar con nuevas formas es arriesgarse a perder el control. No hay mapa. Solo fragmentos, impulsos, cosas que se van probando. Lo nuevo no se impone de golpe, se infiltra. A veces no sabes si es un error o un hallazgo, y solo el tiempo, o la pintura misma, lo decide. Esas formas nuevas, cuando llegan, no gritan. Son como aves que se mueven en los márgenes: si haces demasiado ruido, se van. Si esperas con paciencia, te cambian el paisaje.
El intrusismo consentido del birding. La distancia entre nosotros y lo que observamos es contrariamente proporcional a la claridad con la que creemos ver el objeto de nuestra observación. Todo es cuestión de perspectiva7 cuando se trata de visionar o representar un paisaje. De ahí la importancia de detenernos en esa pasarela y estar abiertxs a lo que pueda ocurrir. Permanecer en esta estructura sin esperar nada a cambio. Permitirnos improvisar sobre la madera como si de un tablao flamenco se tratara, escuchando el piar y el aletear de los pájaros. Dejando que sean ellos quienes digan. Por eso temos que reflorestar o nosso imaginário.8